"Era el hombre de mi vida"

21/09/2009 11:38:12
Testimonio de una mujer maltratada
«ERA EL HOMBRE DE MI VIDA». Alejandra repite estas palabras una y otra vez mientras relata el infierno que le hizo atravesar ese amor. «Estaba enamorada», «él lo era todo para mí». Por eso aguantaba los desprecios, los insultos, las palizas... Pero cinco años sufriendo vejaciones -ocho años es el tiempo medio que aguanta una víctima de malos tratos antes de decidirse a denunciar- acaban convirtiendo cualquier declaración de amor en un grito de terror. «Tenía miedo», recuerda Alejandra. Su noviazgo con Luis fue similar al de la mayoría de las parejas, «fue una conquista», dice. Pero ahora, visto desde la distancia, encuentra signos que podrían haberla puesto sobre aviso. Por ejemplo, sus primeros desprecios -cuando le decía que era tonta y que se callase porque no sabía de lo que hablaba-; la relación que tenía con su madre, a quien «trataba fatal, la humillaba»; o el hecho de que no le presentase a su familia hasta que se quedó embarazada de su hija. Sin embargo, en ese momento Alejandra no quiso verlo, «no me interesaba discutir». Amor y pánico se entremezclan en la vida de las mujeres víctimas de violencia doméstica. La ambivalencia de sentimientos se hace fuerte en ellas y terminan estableciendo una extraña relación de dependencia con su agresor, Es el 'Síndrome de dependencia afectiva' -una especie de síndrome de Estocolmo-, que les lleva a perdonarles una y otra vez, a minimizar y negar sus agresiones. Poco a poco se van sintiendo incapaces de hacer nada por sí mismas -«me tenía anulada», reconoce ahora Alejandra-, se vuelven pasivas e inseguras mientras su autoestima se degrada en cada episodio de violencia. Con el tiempo, la dependencia y la sumisión son absolutas. «Yo creía que él tenía toda la razón, todo lo que él dijera me parecía bien». Por ejemplo, cuando se quedaba el dinero que ella ganaba porque le decía que no sabía comprar y ella pensaba «pues tiene razón, es que no sé comprar»; o cuando tuvo que dejar su trabajo porque él la convenció de que su jefe quería algo con ella; o cuando se obsesionaba por colocar los vasos de la cocina en el orden que a él le gustaba….A la sumisión se suma el sentimiento de culpabilidad -«cuando me pegaba y me pedía perdón yo pensaba que todo había sido por mi culpa»-. Y quieren evitarlo a toda costa, complacer a su pareja tanto en casa como en público para que la relación marche bien, para que las acepten. «Me levantaba por las mañanas, le preparaba el desayuno y cuando se iba a trabajar me ponía a limpiar la casa como una loca y 20 minutos antes de que él viniera, la volvía a limpiar para que no encontrara ni una pelusa». Así trataba de evitar Alejandra los insultos de «sucia» y «desordenada» que Luis le lanzaba. INSOPORTABLE SOLEDAD. La mayoría de estas mujeres se aislan socialmente para no enfadar a sus parejas, que suelen ser muy celosas. El resultado es una situación de soledad en la que «terminas viendo lo que ellos ven, viviendo su vida y su mundo». Se sienten fracasadas como mujeres, como amantes y como madres, y piensan que nadie puede ayudarlas. «Todavía me siento incapaz de hacer nada y necesito que terceras personas me digan que lo estoy haciendo bien», dice Alejandra, que hace ya cerca de dos años que se atrevió a dejar y denunciar a su agresor. También necesitan el cariño y el apoyo de terceras personas porque les cuesta tolerar la soledad.A pesar del infierno que viven, cualquier detalle se convierte en un bálsamo de esperanza al que agarrarse. Quieren que la relación funcione y se aferran con fuerza a cualquier cosa que pueda parecerse a un signo de cambio por parte de él. Cuando el alcalde del pueblo en que vivía Alejandra le dijo que Luis le había confesado que estaba arrepentido, ella le creyó, quería creerle, «porque él nunca habría reconocido a nadie lo que estaba haciendo». La educación, los valores y los estereotipos aprendidos socialmente tienen mucha influencia en la personalidad de estas mujeres: muchas ven con normalidad las relaciones asimétricas con el otro sexo; en muchos casos, incluso han presenciado episodios de violencia en sus familias. «Yo no asumía que fuese algo muy grave porque lo había visto en mi casa», explica Alejandra en referencia a los primeros insultos de Luis. A pesar del pánico que las invade, algunas consiguen romper con todo y empezar una nueva vida. No es fácil, pero tampoco imposible. Alejandra lo hizo: abandonó su hogar, se refugió en una casa de acogida, incluso confiesa que pasó hambre y tuvo que trabajar turnos dobles. No fue fácil, pero ha rehecho su vida y ahora es feliz junto a su hija y un hombre que la respeta. Ella sabe que otras muchas mujeres no han tenido la misma 'suerte' y quiere que su testimonio sirva de aliento para las víctimas que no han conseguido aún reunir las fuerzas suficientes para abandonar su particular infierno. Fuente: elmundo.es

 

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